Hoy todo el mundo habla de Rocío Carrasco y de esa madre destrozada que ha tenido que renunciar a sus hijos. No quiero hacer valoraciones porque, como la mayor parte de la gente, no conozco la historia. Puedes creer a uno o a otro, pero cuando llevas tanto tiempo litigando con este molino de viento, el divorcio contencioso, sabes que cualquier cosa puede ser cierta o que cualquier cosa puede no serlo.

Pero sí quiero compartir con vosotros algo. Es fácil para cualquiera que tenemos hijos entender lo que debe sentir un padre o una madre que pierde a sus hijos. Somos capaces de sentir el dolor infinito que podría implicar su muerte o su desaparición. El desasosiego… Pero hay una casuística en la que la empatía baila: cuando tienes que rendirte y renunciar a ellos.

Lo que ayer describió Rocío Carrasco es lo que conocemos como Interferencia Parental. Es decir, el SAP, pero llamándolo de una forma “aceptada”. Y, en ese sentido, supongo que a muchas madres y no madres se les ha encogido el corazón solo de pensar que a ellas les pudiera ocurrir algo así. Y hoy quizás entiendan, si han querido hacer el ejercicio, lo que puede sentir un padre cuando le arrancan a sus hijos. Porque los padres no los paren; para los padres no hay una galería narrativa y de imaginería como para las madres, pero el vínculo está ahí. Y los padres también quieren a sus hijos más que nada en la vida, aunque a veces tengan que renunciar a ellos.

Y el padre es un padre doliente cuando matan a su hijo; y es un padre doliente cuando su hijo desaparece; y es un padre doliente cuando a su hijo lo secuestran; y es un padre doliente en cualquier casuística excepto cuando pierde a su hijo por interferencia parental porque entonces: los hijos no quieren saber nada de él; los hijos han dicho que se quedan con la madre…

Llevo desde esta mañana especialmente tocada porque anoche y hoy he visto una marabunta y una receptividad absoluta ante algo que, hasta anoche, no existía. Hace unas semanas, la propia Ministra de Igualdad (desde su formación como psicóloga, digo yo) decía que los niños no eran manipulables. Desde anoche supongo que ya sí. Se ha tenido que montar un circo mediático para que se hable de interferencia parental, pero ojo, solo vinculada a la Violencia de Género, como violencia vicaria, es decir, cómo el uso que hace el padre de los hijos para maltratar a la madre. Una vez más, los hijos en segundo plano.

Veréis, hace mucho tiempo que vengo acompañando a mi marido en un proceso de preparación para cuando su hija se marche. Esa preparación la hace mientras lucha con uñas y dientes en esta gymkana judicial y administrativa al que se enfrentan tantísimos padres y para los que no hay una tecla como la de VG que desencadene un mecanismo perfecto para sacar a los niños de esa situación y hacer valer su derecho de mantener el vínculo con su padre, con sus hermanos, con su familia paterna… Lucha con uñas y dientes porque la esperanza es lo último que se pierde.

Pero sabe que, hagamos lo que hagamos, es muy probable que llegue ese día. Cree que será de forma temporal y creo que eso es lo que le hace sobrellevarlo. Yo también quiero creerlo y quiero sobrellevarlo porque, sinceramente, es algo que me angustia mucho. No quiero verle pasar por algo así.  

Durante estos años nadie nos ha escuchado. Es más, en uno de los procedimientos, la Fiscal ni siquiera le dio la opción de declarar simplemente “porque una madre no podía hacer eso”. Era tan grotesco lo que estábamos presentando, que se negó la mayor y, con ello, se dejó a una niña desprotegida.

Desde hace poco yo también me estoy preparando. Me preparo y miro con vértigo el momento en el que él pierda a su hija y mi hijo a su hermana. Y se me parte el alma. Y, aunque ellos no lo saben, me paso la vida grabando momentos; intentando tener un arsenal de recuerdos “por si alguna vez te vas”, como dice la canción de La Casa Azul.  

Debe ser muy triste prepararte para perder a un hijo para siempre, ojalá la vida no nos haga pasar por eso; pero prepararte para perderlo vivo es algo también dolorosísimo. Y saber que no quiere verte; y que te lo han arrancado de cuajo, que es lo que decía ella. Y saber, además, que no te puedes quejar porque no vas a encontrar ni una palabra de aliento. Porque, lo que ha pasado con tu hijo, simplemente, para la mayoría de la sociedad y actualmente de los poderes políticos, no puede pasar. Y que si dices que pasa, te llaman machista, que es lo peor que te pueden llamar hoy en día. A mí, me han llamado machista por hablar de Interferencia Parental. Y, de paso, me han puesto verde por hablar así de una madre, porque debemos ser intocables. Y también me han llamado desagradecida con las mujeres y me han afeado mi falta de sororidad porque decir que sí, que las madres también podemos manipular a los hijos.

Esta mañana me decía mi marido: “Yo sé que me va a destrozar, pero hasta entonces tengo que seguir luchando; es lo único que puedo hacer». Y en eso estamos. Unos días viendo las cosas de mejor color; otros, muy negras… Y, en cualquier caso, con poca esperanza de que los derechos de los menores prevalezcan sobre cualquier otra cosa.

Hace poco nos decía la psicóloga de la peque:

«Cuando su cabeza haga clic, tiene que tener la certeza de que habéis hecho todo lo que estaba en vuestra mano para sacarla de ahí».

Y ahí estamos intentando construir certezas mientras coleccionamos recuerdos por si alguna vez te vas.