Hoy, 3 de diciembre, hace 1.000 días que mi Pequeña Dictadora y yo nos conocemos.

Fue un 10 de marzo, martes (han pasado 142 martes desde entonces), y fue fruto de la casualidad o de la alineación de los planetas.

Yo me dejé el móvil en casa de mi chico y quedé con él para recuperarlo. No hacía demasiado que estábamos juntos y, entre nuestros planes, no estaba conocer a la peque. Pero, ¿alguien piensa que hoy en día se puede vivir 24 horas sin móvil?

Quedamos después de salir del cole. En una calle de aquel barrio que, entonces, me resultaba tan lioso. Antes de llegar al final de la calle, entonces tan desconocida y ahora tan familiar porque siempre tomamos ahí el aperitivo, paré en un quiosco. Compré un Chupa Chups de fresa, un yoyó naranja. Esas serían mis armas para darle buen rollo. El caso es que seguí bajando por aquella cuesta que me parecía interminable y que ahora bajamos patinando en un periquete.

Iba nerviosa. Tenía una estampida de bisontes en el estómago. ¿Qué hacía yo haciendo de madrastra? ¿Qué hacía conociendo a esta niña? ¿Qué hacía yo con novio?

Al llegar al paso de cebra, paré. Miré a la izquierda y les vi a lo lejos, a doscientos metros. Ella era la cosita andante más chiquitina que había visto jamás. Bien es cierto que conocía, y desde entonces he visto, cositas andantes más pequeñas, pero no sé si fue porque al lado de su padre tenía el tamaño de una bolita de anís o porque esperaba que fuera más alta, pero la sensación que tuve y sigo teniendo cuando lo recuerdo es que la cosita andante más chiquitina del mundo era ella.

Crucé el paso de cebra a paso lento y giré hacia ellos. Ella empezó a caminar más lento (no le molan los desconocidos) y, de repente, me vi mirando hacia abajo, a unos ojitos atentos, como los de un perrito pekinés, que miraban hacia arriba mientras la cabeza seguía fija al frente y su coletita se mantenía perpendicular al suelo.

-¡Hola! ¿Cómo  te llamas? -le pregunté.

-¿Tienes un chique? -contestó.

-No, pero tengo un Chupa Chups, -respondí resuelta y preparada-. ¿Quieres?

-No, ¡un chique! -dijo frunciendo el ceñito.

Empezábamos bien…

-¿Y un yoyó? ¡Un yoyó naranja!

-No, ¡un chique!

Y ya nada en este planeta ni fuera de él volvió a ser lo mismo.