El otro día descubrí que mi hijastra había «decapitado» con unas tijeras mi pintalabios favorito (probablemente para llevárselo a su madre, como ha hecho en otras ocasiones). Realmente era más que un pintalabios, era un regalo de una persona muy especial y también algo que llegó para poner color a un momento muy duro de mi vida. Lo guardaba con mucho cariño.

El disgusto que cogí fue morrocotudo y salió por mi boca todo lo que pudo salir. Pensándolo con distancia puede parecer una tontería porque no deja de ser algo material y ponerse así por un pintalabios con lo que estamos viviendo puede parecer una imbecilidad y una superficialidad. Pero el caso es que noté que explotaba. Que era incapaz de contenerme.

Por la noche, ya más tranquila, intenté pensar qué había pasado y por qué me había puesto así. Se me caían las lágrimas sin poder evitarlo. Brotaban sin poder contenerlas. Y, conforme caían, me iba sintiendo mejor. Era como si fuera una olla a presión y me hubieran levantado un poquito la válvula. En ese momento me paré y pensé qué me estaba pasando. Y lo que me estaba pasando es que yo también tengo un límite y acababa de explotar.

A veces explotamos con la cosa más tonta y el origen de todo lo que se monta no es esa cosa sin importancia o con importancia, pero no tanta. Es lo que llevas acumulado. Y yo ya llevo la mochila muy llena.

Como decía, que siempre me voy de una cosa a otra, por la noche me paré a pensar qué me pasaba y no podía parar de llorar. Siempre hemos vivido con mucho estrés. Sobrellevar el día a día con una persona como la madre de mi hijastra no es fácil. Es como vivir con una amenaza permanente y eso acaba haciendo mella. Pero mientras en tu vida no hay más complicaciones, preocupaciones… lo vas afrontando. Intentas sacarle el punto de humor y sigues adelante.

Pero el último año ha sido muy duro. Desde que nació nuestro hijo todo se ha complicado. Primero, por lo que supone tener un hijo: postparto, hormonas, cansancio, miedos… Después, porque ha sido y es un niño de alta demanda, lo que me ha tenido, entre otras cosas, despertándome cada 45-60 minutos durante un año. Casi me vuelvo loca.

Además, cuando todo parecía reconducirse y yo volvía al trabajo, algo que sonará fatal pero estaba deseando, nos confinan y nos enfrentamos a tres meses encerrados con un bebé de alta demanda de siete; una niña y trabajando 12 horas diarias.

A esto había que añadir problemas derivados del nacimiento del niño, que ha supuesto una revolución para #SMQSY y ha empeorado la situación que ya teníamos porque ahora su objetivo no es solo hacer daño al padre, sino despreciar al hermano de su hija, con lo que eso supone para mí.

Y bueno, pues ahora me encuentro trabajando 12-13 horas diarias en casa. Hay semanas que no piso la calle ni me peino. La desidia de sentarte en pijama ante el ordenador porque son las 8.30 h. y tienes 50 correos en cola. Comer en 20 minutos. Parar un par de horas o tres para jugar con tu hijo, darle de cenar y volver al trabajo en cuanto se acuesta. Y mirarte al espejo y ver que tienes unas ojeras que te llegan al suelo; que el pelo se te cae a puñados; y que hoy (como puede ser mañana, ayer, pasado…. cada día) tenemos buena nueva de #SMQSY para terminar de redondear la jornada.

Así que llega un momento en el que explotas y cuando te paras a pensar dices: ¿Pero dónde me he quedado que me miro y no me encuentro? Y entonces no puedes parar de llorar. Y ves cómo has explotado ante la cosa más tonta.

Recuerdo que hace un par de años, en un post, decía que no tenemos que olvidarnos de nosotras mismas. Nos metemos en una guerra que no es nuestra. Al principio, luchamos por nuestra pareja; después, luchamos por el padre de nuestro hijo; si tienes tan mala suerte de tener enfrente a una persona sin escrúpulos, tienes que luchar por la dignidad de un bebé. Y los palos se suceden sin que dé tiempo a que te hayas recuperado del anterior.

El otro día me di cuenta de que he seguido ese refrán de «Consejos vendo, pero para mí no tengo», y me he olvidado de mí. Un error garrafal y que me tiene bastante tocada.