Cualquier pareja divorciada malamente sabrá que el tema médico es uno de los temas más peliagudos:

Que si llevo al niño al médico, pero no te lo digo y te enteras porque tiene falta de asistencia en el cole…

Que si me han dado unas indicaciones, pero te las mando a medias…

Que si yo no soy tu secretaria, así que si quieres saber algo se lo preguntas a la pediatra…

En fin, nada nuevo bajo el sol.

Sin embargo, este juego sucio con los temas sanitarios alcanza cotas elevadísimas con #SMQSY, especialmente cuando se ajusta a la que últimamente es una de sus máximas:

Yo sigo estrictamente las recomendaciones médicas, porque ni tú ni yo somos médicos.

Y esto, amigos y amigas de la noche, puede llegar a ser una trampa perfecta y complicadísima de deshacer y de la que hoy os quiero advertir.

El juego sucio no es lo que te recomienda el médico

Hace tiempo que detectamos que lo que el médico le decía a #SMQSY no era lo que nos decía a nosotros. Cada visita a la pediatra teníamos el mismo problema. En esa época los padres no iban juntos a la pediatra porque la madre llevaba a la niña sin avisar al padre, por lo que el padre asistía solo a una consulta con la pediatra para que le informara sobre lo que le ocurría a la niña porque la madre no le daba esa información, a pesar de estar obligada a ello (pero esto, ya os adelanto, que es un tema casi tan perdido como el de la ropa). Aunque la pediatra les decía a los dos lo mismo, siempre salía la frasecita: a mí la pediatra me ha dicho otra cosa y yo voy a hacer lo que me han dicho los médicos.

Cuando por fin se consiguió que la madre avisara al padre previamente de las visitas al pediatra, comenzaron a ir juntos, pero el problema era el mismo:

La pediatra les daba unas indicaciones, aparentemente ambos lo tenían claro y, cuando llegaban a casa, resulta que cada uno había entendido una cosa diferente. Es por eso que el padre le pedía a la pediatra que, por favor, lo pusiera por escrito, porque habitualmente todo lo que entendía la madre tenía un efecto negativo respecto a los derechos de visitas, etc. del padre. Pero la pediatra siempre se negaba y con razón porque quién va a entrar en este percal.

Esta situación de falta de entendederas, que es extrapolable al tema «Tutorías» (aunque en este caso el Director del colegio optó por hacer un acta de cada tutoría y que la firmaran ambos, algo que no ha servido de nada porque puedes decirle que el cielo es azul que ella te dice que es caqui y no se inmuta), se ha ido yendo de madre poco a poco y sigue sin resolver.

¿Cuándo descubrimos que estábamos ante la trampa perfecta?

En esta historia estábamos cuando un día, por casualidad, nos enteramos de que #SMQSY había llevado a la niña a un neurocirujano a nuestras espaldas. Pedimos cita y el neurocirujano nos explicó la cita que había tenido con la madre y la niña, los síntomas que la madre había contado y las pruebas que había prescrito a la niña. Una niña, según la exploración, sin problemas de ningún tipo.

Flipamos en colores y, al darnos el informe, vimos que la información que había dado la madre sobre la niña no se correspondía con la realidad. Describía una niña que no conocíamos; absolutamente enferma. Las pruebas que había pedido el neurocirujano eran correctas para un paciente con esos síntomas y ese historial, pero este no era el caso. Huelga decir que el tema de los abusos sexuales estaba incluido en el historial, más información sobre tratamientos médicos que estaba siguiendo supuestamente la niña y que no existían.

Esta fue la primera vez que nos enfrentamos a la trampa del:

Yo voy a hacer lo que me indican los médicos

Efectivamente, con base a la información que le habían dado, el doctor solicitó unas pruebas, pero era información incorrecta. Aun así, el neurocirujano, sin tener claros los síntomas reales de la niña, no cambiaba el informe, pero tampoco paralizaba esas pruebas porque no sabíamos qué narices pintaba la niña en ese especialista. Y, mientras tanto, el sistema del hospital seguía su curso y la madre seguía en su empeño por someter a la niña a diversas pruebas porque las había solicitado el médico.

En fin, el chocho fue considerable porque no os imagináis el pollo que se monta en un hospital público cuando vas con esta historia, un divorcio, los abusos sexuales, la madre que parece que mea agua bendita y es una madre coraje… Les peta la cabeza y se bloquean. Tras mucho pelear, conseguimos paralizar todo.

El caso es que esto ha pasado a ser una tónica habitual: ella informa de unos síntomas siempre gravísimos para que la niña permanezca en casa de la madre el mayor tiempo posible; para que le hagan millones de pruebas porque está convencida de que la niña tiene enfermedades gravísimas, todas provocadas por el padre…; el padre informa de otros síntomas; la pediatra se vuelve loca; y ellos se matan a correos en los que no se sale del bucle de:

«Yo voy a hacer lo que me han dicho los médicos», porque, efectivamente, se lo han dicho los médicos.

Si esto era difícil de desentrañar cuando las citas eran presenciales y podían asistir ambos padres a la consulta, contrastar datos y demás, imaginad lo que supone ahora. Ahora que estamos en plena crisis del COVID, con las citas telefónicas; las presenciales, limitadas a un progenitor; y una rotación de personal sanitario importante.

En fin, comparto esto con vosotros porque es el pan nuestro de cada día y con los catarros, covid, PCR´s, aislamientos, protocolos, etc. estamos viviendo un pequeño infierno más dentro del que ya tenemos.

Así que, si habéis notado que a vosotros los pediatras también os dicen cosas diferentes, plantearos que quizás habéis caído en la trampa perfecta.