Una #SuMadreQueSoyYo de libro se caracteriza por tener fiebres o neuras. Esto es: manías que se ponen de moda durante una temporada y que serán decisivas para la supervivencia del niño.

Con estas manías intenta entrar en una competición para ver quién ejerce una parentalidad más responsable a su juicio. Cuando esto ocurre puedes hacer dos cosas: o subirte en la rueda y seguirle la corriente; o mandarla a tomar viento fresco.

Aparentemente la intención es proporcionar un mejor cuidado al niño, pero esa intención se ve destartalada cuando mientras tanto vemos cómo le habla a la niña de su padre, o los comentarios que hace en los intercambios o lo que nos dice la niña que le cuenta la madre. Esas cuestiones distan bastante de lo que yo entiendo como “cuidar a un niño de forma responsable”, pero bien es cierto que para gustos están los colores.

Ejemplos de fiebres 

Nosotros hemos vivido muchas fiebres, pero voy a resumir las que más nos han marcado.

La fiebre del chocolate

Un buen día nos despertamos y el chocolate era Belcebú. Los correos se empezaron a llenar de alusiones a la cantidad de chocolate que supuestamente le dábamos a la niña. No sabíamos muy bien a qué se debía porque no es que esta niña coma más chocolate que un niño normal, pero todo hacía parecer que le dábamos toneladas de chocolate.

La alusión al chocolate llegaba por todas las vías: teníamos mails sobre el chocolate, burofax sobre el chocolate, sms sobre el chocolate, whatsapp sobre el chocolate, la niña obsesionada con el chocolate, el padre mirando los entresijos del lenguado por si contenían trazas de chocolate… Un caos familiar.

Así pasamos varias semanas hasta que un día viene la niña del cole y veo que no se ha comido el almuerzo. Cuál fue mi sorpresa cuando, al abrir, veo que #SuMadreQueSoyYo le había metido un bocadillo de chocolate para media mañana (con pan integral, eso sí. Sabiamente, nuestra Pequeña Dictadora no ingirió tamaño manjar) y unas cuantas galletas de chocolate.

No voy a compartir lo que pensé, pero tenía que ver con la vesión femenina de un mamífero carnívoro incluida en la familia de los cánidos también conocida como raposa.

 

La fiebre de lavarse el pelo todos los días

Esta fue también una fiebre morrocotuda. Un buen día, una vez había agotado su lista de denuncias chungas y los tribunales la habían mandado a pastar, decidió abrir un nuevo melón y comenzó a decir que no aseábamos a la niña.

Recibí la noticia con risas porque sabía que esta fase iba a llegar, así que lo tomé con humor. Por eso, desde la distancia, comencé a leer cómo un día la niña llegaba a casa de la  madre sin duchar, otro día con la ropa sin lavar… hasta que por fin dio con la fiebre adecuada:

¡No le laváis el pelo todos los días!

¡Ay, dios! Pues mira, hija… no.

Eso para ella fue un filón, de modo que cada día que llegaba con el pelo sin lavar, recibíamos un correo en el que nos daba pelos (nunca mejor dicho) y señales de cómo se había encontrado el pelo, cómo lo había lavado y cómo se le había quedado. Cómo sería el panorama, que la niña se metía en la ducha con terror diciendo:

¡Pelo no! ¡Pelo no!

La fiebre del pelo llegó a tal extremo que empecé a probar diferentes champús porque pensaba que ninguno le dejaba el pelo tan suelto como el que utilizaba ella. Llegué a pensar que, efectivamente, ella veía el pelo sucio, pero qué va. Solo tenía ganas de dar la murga.

 

La fiebre de los helados

La fiebre de los helados le sube todos los veranos, momento en el que empezamos a recibir mensajes sobre lo peligrosos que son. Claro, te plantas en la tesitura de qué hacer, si dejar a la niña sin helados en pleno verano o mandar a la señora a tomar viento.

El caso es que este es un tema recurrente y que te da un 9.2 en la Escala de Irresponsabilidad Parental de una Madre Coraje porque los helados están cargados de azúcar; el azúcar lo carga el diablo y si le das un helado de vez en cuando a tu hijo, claramente te estás cargando al niño (de vez en cuando).

El caso es que cada verano la madre nos da la matraca con los dichosos helados, pero luego sabemos que cuando está con ella, se pone como el kiko a polos de hielo (agua+azúcar+colorante). Pero bueno, aquí nada tiene por qué tener sentido.

 

La fiebre de la tablet-móvil-dispositivo

Esta es brutal y la estamos viviendo ahora mismo. Un buen día, como quien no quiere la cosa, llegó un mensaje en el que decía que la niña está todo el día pegada a la tablet (en ese momento me acordé de ese maravilloso soneto de Quevedo sobre el hombre a su nariz pegado). Y la madre quería saber qué ve, cuándo, dónde, con quién… La tablet se había convertido en lo más destructivo de este planeta, por encima de la toxina botulínica.

Según van llegando sus misivas y se suceden los acontecimientos, parece que la niña se despierta con la tablet, come con la table, hace pis con la tablet, se quita un moco con la tablet…

Mientras tanto, en los correos ella insiste en que con ella no ve la tablet ni ningún dispositivo, y por lo que se ve, desde su casa cree saber todo lo que ocurre en la nuestra respecto a la tablet.

Paralelamente te avisa de todas las consecuencias nocivas de la tablet de las que, por supuesto, nosotros seremos responsables. Y da igual qué le digamos sobre la tablet, que no nos cree porque

Lo importante para una #SuMadreQueSoyYo de libro
no es lo que tú le digas
tampoco cómo sean las cosas
sino lo que ella crea.

 

El caso es que luego la niña viene pidiendo contenido nuevo que ve con mamá (con la que supuestamente no ve la tablet), y entonces, cuando llevas ya dos meses tablet arriba, tablet abajo, vuelves a acordarte de la mamífera carnívora de la familia de los cánidos y piensas: ¡Quién me mandaría!

 

El caso es que las fiebres son un filón y un quebradero de cabeza. Un runrún permanente que te puede sacar loco si entras en su juego. ¿Mi recomendación? Aprende a identificarlas y, una vez hecho:

Keep Calm y déjate llevar solo por la cordura.