Ayer fue el Día de la Madre y tuvimos intercambio. Durante unas horas la niña tuvo que estar, como debe ser, con su madre. No tenía pensado hacer ningún post sobre el tema porque esperaba que fuera un intercambio aséptico por dos razones: en primer lugar, porque la había visto 24 horas antes y la iba a ver 20 horas después; y en segundo lugar porque los Servicios Sociales les han dado una sesión de cómo abordar los intercambios.

Sin embargo, teniendo en cuenta que empezó el día entrando en bucle en el chat del cole poniendo mensajitos rollo:

“madre no hay más que una”
“las madres somos las más guapas del mundo”
“o sufres o no eres una madre como dios manda”…

…deberíamos haber intuido que, al vivir inmersos en una peli de Almodóvar, cualquier cosa puede suceder.

 

El Intercambio del Día de la Madre

Los intercambios son uno de los momentos más estresantes porque lo que pueda ocurrir es completamente imprevisible y más cuando vas a recoger a la niña.

Aun así, bien es cierto que ayer fuimos al intercambio sin esperar grandes aspavientos. Miento si digo que esperaba un intercambio 100% aséptico porque la situación actual hace que #SuMadreQueSoyYo saque toda la artillería, pero desde luego no esperaba ese despligue de medios.

Llegó el padre con la niña y la madre bajó como Naomi Watts en Lo Imposible cuando, tras varios días moribunda por los campos de una Tailandia arrasada por el tsunami, se reencuentra con su hijo y su marido, a quienes creía muertos. Imagináis el shock, ¿no?

Pues así fue el reencuentro, muy “shockante” también teniendo en cuenta que la había visto 24 horas antes.

-¡Hija mía, hija mía! -gritaba

 

Cuando pasan estas cosas no sabes muy bien qué pensar. Siempre piensas que vas a salir en Vídeos de Primera.

El caso es que nos fuimos y seguimos con nuestras cosas hasta que tres horas después volvimos a por la niña. En ese caso ya no vimos a Naomi Watts, sino a una versión en vivo de la Virgen Dolorosa, gritando desgarrada como si se llevaran a la niña a un internado castrense en Frankfurt sin billete de vuelta hasta los 18.

-¡Adiós, hija mía, adiós!

 

Cualquiera diría que faltaban 20 horas para volver a verla.

 

Un factor que convierte un intercambio en un drama

Cualquier #SuMadreQueSoyYo de libro que se precie sabe que el intercambio es un filón para desplegar sus armas interpretativas porque, si algo tiene que ensayar cualquier madre de estas características, es la técnica de meterse en el papel de madre dolosa.

Sin embargo, hay un factor que hace que los intercambios se tornen más dramáticos y ese es la expectación. Igual que los buenos actores se crecen en el teatro, sobre las tablas, con gente expectante, en este caso ocurre lo mismo: cuantos más vecinos delante mayor es el drama porque si hay algo que le gusta a cualquier #SuMadreQueSoyYo de libro es ser una víctima a ojos de los demás y regodearse en su victimismo (esto tiene un 8.3 en la escala Victimitcher). Por eso, en nuestro caso, los intercambios se recrudecen conforme se va acercando el verano y la gente aprovecha el buen tiempo para esparcirse por la urbanización.

Así es como, mientras que en invierno todo es más rápido, en verano (con más testigos y más luz a esas horas), la señora se explaya porque oye, nunca se sabe si, como en las pelis ambientadas en Connecticut, vendrá algún día el Sheriff McCallister y preguntará al vecindario por la sufrida señora.

 

Intercambios para hacer acopio

El intercambio de ayer fue muy chachi y enriquecedor teatralmente hablando y, aunque ya vemos estas actuaciones con distancia y sentido del humor, siempre ocurre algo que nos hace flipar un pelín más.

Ayer, por ejemplo, la vestimos de domingo, es decir, le quitamos la ropa de La Pequeña Cerillera con la que nos la entrega su madre. Vestir de domingo en este caso es ir con unos vaqueros y una camisetita. Sin más. Bueno, pues íbamos con recelo pensando que se pudiera quedar con algo de ropa (toda comprada por nosotros porque si hay otra cosa que caracteriza a una #SuMadreQueSoyYo de libro es que  la pensión la utiliza para hacerse la manicura o inflarse a tapas de calamares, pero no para proporcionarte ropa. Pero eso es un tema perdido).

El caso es que nos parecía tan absurdo y fuera de lugar lo que estábamos pensando que nosotros mismos intentábamos autoconvencernos de que tal cosa no era posible.

Bien, pues cuál fue nuestra sorpresa cuando al recoger a la niña me dice:

-Mira, mira… ¡voy de verano!

 

La escruto y observo con estupor que nos ha mangado la chaquetita que le compramos para este año y le había cambiado la ropa interior (porque ella le pone las que le compramos hace dos -ya sabéis que el misterio de las camisetas interiores nos tiene desconcertados-). Nos quedamos lívidos.

Menos mal que, a cambio, le hizo una coleta y nos regaló la goma del pelo. Algo es algo. En fin, qué agotador es todo…

 

Pd. Y pensar que iba a hacer con ella un regalito para que se lo llevara, para que se diera cuenta de que se pueden hacer las cosas mejor… Definitivamente, hay que perder las esperanzas.