Desde que conocí a mi hijastrita me he vuelto una manirrota. Bueno, realmente siempre he sido un poco ligera de cartera, para qué mentir, porque siempre encuentro una excusa coherente y racional para darme mis caprichos. Sin embargo, desde que la Pequeña Dictadora hizo su aparición estelar, saco la tarjeta con más alegría: que si unos patines, que si una bici, que si un bolsito, que si unas gafas de sol…

 

Las Bellies Muak Muak

Hoy, por ejemplo, ha venido del cole y me ha encontrado en casa. No suelo estar, así que le ha dado una alegría tremenda. La he visto entrar por la puerta, como una reproducción conseguidísima de Punky Brewster, y se ha lanzado a mis brazos como una exhalación. Besitos por aquí, besitos por allá… Por un momento me he visto en #SuMadreQueSoyYo cuando se pone como loca aunque la haya visto el día anterior. Cuando he detectado eso, la he dejado en el suelo y me he recompuesto dignamente.

El caso es que, entre tanto alboroto y algarabía, me ha dicho no sé qué de las Bellies, las muñecas de moda. Treinta y tantos eurazos de muñeca. Ya llevaba unos días pidiéndola, los mismos que yo dándome excusas para no comprársela:

No puedes comprarle todo lo que pida…
Ya le compraste el otro día el patinete…
¿Te das cuenta de que te pasas la vida comprándole cosas?
Recuerda que te dejaste 60 eurazos en un pichi el otro día…
Y 38 en otro conjunto…
Que se lo compre su madre, que para eso es su madre…
Todas las guías infantiles dicen que comprar cosas es nefasto…

 

Y así, excusa tras excusa, he pasado un par de semanas. Sin embargo hoy, con la alegría, el abrazo que me ha dado, que casi me rompe el cuello y la cintura del entusiasmo, he dicho:

 

¡Qué leche! Es jueves, no la veo hasta el martes y la quiero a rabiar. ¡A toma por saco!

 

Y en dos clics tenía hecha la transacción en Amazon: la Bellies Muak Muak.

¿Y qué ha pasado tras esto? ¿Acaso me he atormentado? Para nada. Me he puesto más contenta que unas pitas. Es más, diría que he descansado, que me ha dado un gusto terrible, como cuando te bebes un vaso de agua fresca en pleno verano. Me he sentido satisfecha porque, os digo una cosa, si para algo están las madrastras es para malcriar. Para criar y poner límites de este tipo ya están los padres y las madres.

Yo le compro la Bellies Muak Muak y me quedo tan pancha. Y luego que venga su padre con las rebajas y a echarme la charleta de:

Es que la vas a malcriar…
Es que se va a convertir en una caprichosa…
Es que no le puedes comprar todo lo que pida…

 

Le escucharé, sí, pero haré como hace mi madre: terminaré volviendo a hacer lo mismo.

 

Los tarjetazos de madrastra a hijastra no duelen

En fin… Todavía me acuerdo cuando mis amigas-las-madres decían cosas como:

He ido a comprarme ropa para mí y he terminado comprando ropa para el niño

 

Y yo pensaba para mis adentros (y a veces para mis afueras):

 

Pero mira que sois petardas y místicas. ¡No hago eso yo ni loca!

 

Bien, pues como tantísimas cosas, esto me lo he tenido que comer con patatas. Y ahora soy yo la que va de compras y termina comprando cosas para la niña y, cuando ya he hecho todos sus tarjetazos, pienso: bueno, ya si eso, lo mío lo compro otro día.

Pues eso, que hoy con solo un abrazo me ha sacado una muñeca. No me quiero imaginar qué me sacará en unos años. Por ahora me he propuesto no regalarle nada más hasta Navidad.

Por cierto, el otro día una madrastra me decía que la #SuMadreQueSoyYo que les acompaña había decidido tirar un regalito que le había hecho a la niña a la basura y le decía al padre que le dijera a la madrastra que dejara de comprar a la niña con regalos. A esas señoras, decirles que, en general, las madrastras no compramos a los niños con regalos. Todo el mundo sabe que solemos odiarlos y, si pudiéramos, les daríamos un regalo envenenado. El problema que tenemos es que somos unas manirrotas y unas sueltas. Y ante eso no se puede hacer nada.

Por cierto, que no sabe que se la he comprado… Ya os contaré. Se va a volver loca.