Hace unos días acompañé a los padres de mi chico (que son fantastiquísimos, por cierto) a recoger a la niña al cole. Habitualmente lo hace él, pero ese día no podía, así que aprovechamos que yo tenía la tarde libre para tomar un café e ir a por la peque.

Cuando llegamos a recogerla, salió disparada a darme un abrazo y, acto seguido escuché una vocecilla chillona:

¿Quién es esta? ¿Quién es esta? -preguntaba una niña con dos coletas tiesas como un demonio.

La peque no dijo nada, solo se limitó a sonreír tímida y a esconderse detrás de mí para hacerme mimitos porque estaba contenta de verme por allí (había sido toda una sorpresa). Sin embargo, su amiga insistía:

¿Quién es? ¿Quién es? ¿Es tu mamá?

En ese momento, la profe salió en mi ayuda:

-¡Ven, bo-ni-ta-de-ca-ra, ven para acá! -dijo mirándome con complicidad.

Le agradecí el gesto, nos dijo que la peque estaba genial y nos fuimos.

Eso se quedó así y yo lo guardé este tema en la carpeta de: pensar qué hacer para la próxima. Pero como la próxima pintaba lejana, lo olvidé.

Sin embargo, hoy he tenido que llevarla al cole y nada hacía presagiar lo que iba a ocurrir.

 

Cuando ir al cole es una gymkana

Cualquier padre, madre, madrastra y padrastro (voy a incluir a los padrastros, grandes supervivientes también, en honor al gran Randy) sabe que, por muy bien que vayan las cosas, siempre pueden torcerse en el último momento. Y eso es lo que ha ocurrido esta mañana. Cuando nos disponíamos a ir al cole nos hemos tirado un batido en el abrigo.

Como una madrastra desquiciada y cabreada, he sacado todos los “amor, cariño, cielo, mi vida” que podía por la boca para contrarrestar mi enfado, mientras le decía que tuviese cuidado la próxima vez. He limpiado el abrigo como he podido, he sacado el secador para secarlo un poco y así ha sido como, después de llevar más de cuarenta minutos haciendo el mono desayunando porque íbamos con tiempo de sobra, hemos salido de casa a las 8.45 h.

Hemos llegado al cole a las 8.58 h tras una carrerita, unos pitazos a esos desaprensivos que creen que la calle es un circuito de Fórmula 1 y tras aparcar el coche en tercera fila haciéndome la tonta. Por eso me he llevado una sorpresa brutal cuando, al llegar a clase, los niños ya estaban en el gimnasio.

Corre que te corre hemos ido hasta allí diciendo tontadas para que a la peque no se le pasara por la cabeza decirle esta tarde a su madre que cuando habíamos llegado a clase y los niños no estaban, porque, en tal caso, en tres días nos llegará un burofax por abandono y multitud de irresponsabilidades. Ante tal temor, una vez más, me ha absorbido la B.S.O. de Benny Hill y nos hemos echado unas risas corriendo por los pasillos.

Pero cuando ya hemos llegado al gimnasio, he abierto la puerta de los vestuarios y la he dejado, he descubierto que, realmente, la aventura mañanera no había hecho más que empezar.

 

La novia de papá

No sé cómo, de repente, todas sus amigas que estaban ya allí se han arremolinado alrededor de nosotras diseccionándome como las flores del jardín del País de las Maravillas con Alicia.

 

¿Quién es esta? -ha dicho una voz chillona que creo que correspondía a la de las coletas del otro día – ¿Es tu mamá?

-¿Eres su mamá? -me ha preguntado otra de gafitas.

-No, no soy su mamá. Bueno, mi am…– he contestado manteniendo una sonrisa de tierra trágame.

-¡No! ¡Tiene que ser su tía!- apuntillaba otra pisando mi respuesta.

-¿Eres su cuidadora? ¿Eh? ¿Eres su cuidadora? -me preguntaba otra mirándome fíjamente a los ojos con una voz estridente.

-No, no soy su cuidadora… Bueno, cariñ…

-¿Eres su mamá? ¿Eres su madre?- preguntaba de nuevas y con voz especialmente estridende una despistada.

La peque estaba abrumada y me miraba con complicidad y una sonrisa tímida porque no sabía muy bien qué decir. A mí la cabeza me hervía. ¡¿Qué podía contestar a estas niñas tan pesadas?! Claramente no podía decirle que soy su madre, ni hacerme pasar por su tía; tampoco podía decir que sí a lo de ser su cuidadora, ni decir que soy una amiga porque, ya me dejó claro en una ocasión, que yo no era su amiga, sino otra persona.

Así ha sido como he dicho:

-No, no soy su mamá, soy otra persona…

Es… la novia de papá -ha dicho en bajito y con timidez y mirándome con ojos chipeantes y una sonrisa de: “Ya, ya está dicho”.

-Así es. Soy la novia de su papá, no su mamá. Ella tiene una mamá que se llama “fulanita”, ¿verdad, mi amor? Y yo soy otra persona que también la quiere y la cuida mucho.

¡La novia de su papá! -ha anunciado una.

-¿No eres su mamá? -ha preguntado otra distinta.

¡Es la novia de su papá! -ha dicho la otra más distinta.

¿La novia de su papá? -se ha preguntado otra mucho más distinta.

 

He intentado salir como buenamente he podido de esa situación y rápidamente me he despedido.

Bueno, chicas… tengo que irme pitando.

 

Le he dado un beso a la peque, le he dicho que la quiero mucho y le he deseado un buen día. A las pequeñas arpías de sus compañeras también les he dicho adiós a todas y, cuando iba a cerrar la puerta, le he lanzado un beso y la he visto mirarme con la sonrisa más bonita del mundo y con esos ojos tan chispeantes que se le ponen cuando está feliz feliz. Así que me he quedado más tranquila.

Al salir del vestuario he visto a un padre separado que, a las 9.02 h., acababa de dejar al peque en el de los chicos (sé que era separado porque les reconozco). Me ha abierto la puerta y me ha sonreído casi pidiéndome perdón (probablemente pensando que soy una mamá arpía de la clase de su hijo que le escudriña por llegar tarde y que luego me voy a chivar -porque las madres chivatas también existen y les dedicaremos otro rato-). Le he sonreído diciendo: “Vamos todos a mil. ¡Vaya forma de empezar el día!”. Ha sonreído más relajado y he pensado: otro al que le va a llegar el burofax.

En fin, que así es nuestra vida. Así es la vida de, desde hoy y oficialmente para sus amigas, novia de papá (porque a veces, lo más fácil y lo mejor es decir las cosas como son).