Ser madrastra me ha hecho entender a mi madre que, si por algo se caracteriza, es por ser una Santa. Es más, a veces me pregunto cómo es posible que en estos treinta y tantos años no nos haya mandado a tomar viento a las farolas de Málaga (un dicho muy suyo).

Uno de los peligros de convertirte en madrastra es que empiezas alegremente una relación pensando que va a ser un festival y, de la noche a la mañana, te ves haciendo tortillas francesas para la niña o echándole un limpiamanchas a los calcetines, que están negros de tanto andar descalza.

¿Esto es inevitable? Bueno, no tiene por qué, pero lo más lógico es que si te empiezas a implicar en su vida, termines haciendo tortillas a no ser que la niña sea alérgica al huevo. Lo de los calcetines ya es de trastorno.

El caso es que, desde que comienzas la relación hasta que te pones a hacer tortillas o a empanar pechugas de pollo (momento en el que conocerás los fingers), puede pasar un año más o menos. En mi caso ese fue el tiempo. Así que lo mejor que puedes hacer es aprovechar ese primer año porque después no habrá vuelta atrás y llegará un día en el que te veas con tu moño despeluchado en la cocina, tus taconazos y friendo un huevo porque la niña quiere que le frías el huevo tú y nadie más.

 

Tú eres una madrastra, pero tu novio es un papá

Lo de ligarte a un papi cañón es algo que forma parte de la cultura erótica de muchas treintañeras. En Madrid solo tienes que ir por Malasaña para volverte a tu casa queriendo tener uno de esos. Sin embargo, a la hora de la verdad, te das cuenta de que ligarte a un chico con hijos significa que estás con un papá y los papás, también cuidan de los niños. Es decir, que antes o después te va a tocar poner tu grano de arena.

Esto hará que, si tu chico ve a los niños más de tres horas los miércoles y un finde de cada dos, termines metiendo las manos en la masa y llegues del trabajo directa a jugar con ellos, le ayudes con el baño o le eches una mano con la cena. Y si se tercia, termines de recoger mientras les lee un cuento antes de dormir.

 

Pasar de madrastra chic a ama de casa (siempre chic)

Y cuando todo eso ocurra, llegará un día en el que te mires y te veas con el moño, el delantal, tus sandalias de tacón y metiéndote una bolita de hacer pulseritas en el mandil (que se convertirá en el bolsillo de los horrores) y ahí dirás: “¿En qué momento he cruzado a este lado?”. No vas a tener respuesta a esa pregunta.

Yo hoy, en un alarde de madrastrismo chic, he decidido ir a hacerme la manicura y la pedicura en cuanto salga del trabajo. Es más, voy a pedir todos los extra porque lo único que necesito es que me den masajes. Y después, cuando crea que he vuelto a mi ser anterior, me iré al mercado a pedir la vez e intentar que no se me cuelen las señoras del barrio, y le compraré unas pechugas de pollo (totalmente perdida, eso sí, porque en cuanto el pollero empieza a preguntarme tecnicismos termino diciéndole:

como usted vea, como usted crea, como usted considere, pero que sean buenas y jugositas).

 

Y veré cómo se las empano para que salgan chachis y ricas porque, os digo una cosa: en el momento que crucéis la línea, lo que más os podrá gustar en el mundo será que os digan que

¡la cena está mmmmmm riquísima!

 

Y eso será así aunque nos os haya dado tiempo a que se seque la pedicura porque os cerraban el súper. Será así.

 

Palabrita.

 

Ilustración de Sara Herranz

Por cierto, la ilustración que he utilizado para este post pertenece a Sara Herranz. Es una de mis ilustradoras favoritas.