Si las madres y los padres crían, las madrastras y los abuelos malcrían. Esto es una máxima. Y no os cuento ya los abuelastros primerizos, los mayores consentidores de todos.

Muchas de mis amigas son madres y todas ellas, desde el primer momento que supieron que iban a serlo, comenzaron a leer y leer libros de distintas corrientes. Unas se posicionaron con el “Bésame mucho”, otras con el “hay que curtirlos que la vida es dura”. Recuerdo, ya con lejanía, que aquello provocó un cisma en el grupo de whatsapp que abrimos ex profeso para tal evento. Al fin y al cabo, no todos los días cinco amigas de un grupo de seis se quedan embarazadas a la vez. Huelga decir que la descarriada era yo.

 

Malcriando a Mi Pequeña Dictadora

Si tuviera que posicionarme en una de las dos corrientes como madrastra, sin lugar a dudas elegiría la primera, la del bésame, la del apego, la del consiénteme y déjame que te tome el pelo hasta volverte del revés. Ya comenté en una ocasión que a veces se me hace bola ver crecer a la peque. Ver que cada vez habla mejor, que la cojo en brazos y me desriñono, que ya no hace lo que yo le digo, sino lo que le da la gana; y que cada vez es más complicado bregar con ella porque es una mujer de carácter (espero que no desnortado).

Por eso, me dedico a malcriarla todo lo que puedo y eso pasa por todo esto:

Cogerla en brazos un día sí y otro también: porque sí, eso es exceso de apego, pero oye, en dos estirones más ya no podré hacerle por las noches nuestra ruta turística por la casa. Esto es cogerla en brazos y con los ojos cerrados (ella y supuestamente) le doy un paseo por la casa para que adivine en qué habitación estamos. Esto me lo hacía mi madre cuando me sacaba del baño y me llevaba al salón en vuelta de pies a cabeza en una toalla enorme.

Darle bombones y chocolates a escondidas: esta niña es golosísima y los bombones le encantan. Por eso, de vez en cuando, le doy bombones a escondidas. Es un secreto entre nosotras y las madres de la liga anti-azúcar me quitarían el derecho a visitas, pero el caso es que un bombón de vez en cuando no mata y el chocolate siempre pone feliz. Al fin y al cabo, eso y un lunar es lo único que ha sacado de mí.

Traerla a nuestra cama: supongo que, como a todos los niños, a ella también le encanta venirse a la cama con nosotros. Bien es cierto que, cuando oigo en mitad de la noche, allá por las 4 am, el gritito de: “Papáaaaa, ¿puedo ir a tu cama?”, se me abren las carnes y me acuerdo vilmente de su madre, porque a ver de quién me vas a acordar en esos momentos… Pero siempre que puedo, mando a mi chico a la cama de la niña y ella se mete en la nuestra. No importa que tengamos que tener unas lucecitas encendidas, ni que me dé una patada en el hígado en cuanto me descuido… No importa que me suelte el aliento en la cara, ni que me dé una torta porque tiene una pesadilla… Todo se me pasa cuando me acurruco y noto el olor de su pelito.

Saltar en la cama y ponernos brutotas: esta niña nuestra es súper bruta y no mide. Está hecha un torete y no controla sus fuerzas ni sus ímpetus. Además, le encanta entrar en bucle y ponerle a la gente la cabeza como un bombo, pero no pasa nada. Ahí estoy yo para seguirle la corriente. Y si hay que saltar en la cama, saltamos; y si tenemos que estar arrastrándonos por el suelo, nos arrastramos… y así vamos mientras su padre se encomienda al Santísimo con la creencia, cada vez más profunda, de que en vez de una hija de seis años tiene dos.

 

En fin, que madrastra-como-dios-manda solo hay una y para educarla y meterla en vereda ya están su padre y su madre. Yo estoy para hacerla feliz y para que se parta de risa. Y eso, en estos momentos, pasa por “malcriarla”. Ea.