Madrastras y platos rotos es algo que va inevitablemente unido. En realidad, en cualquier relación se pagan platos rotos, pero en este caso suele ser mayor, sobre todo cuando el divorcio no ha sido o no está siendo fácil.

Hace un par de días una madrastra planteaba en Twitter una cuestión que no es baladí, y que me ha llevado a escribir este post porque yo también me he enfrentado a eso como, supongo, que la mayoría de las madrastras que no somos madres.

Esta chica planteaba algo que creo que todas hemos visto: el miedo que tienen nuestras parejas a tener hijos y a que les vuelva a ocurrir lo mismo. Esto es: perder los niños, perder la casa, perder su vida, pasarse su vida en un juzgado para poder ver a sus hijos… Y, con ello, planteaba la frustración que implica para ella y lo injusta que es la situación.

Sobre esto mismo ayer reflexionaba uno de los padres divorciados. Explicaba sus miedos, sus frustraciones y el pánico a volver a vivir lo mismo, a tener hijos a los que pueda perder.

Efectivamente, estas experiencias (ya las tengan los padres o las madres) pueden ser muy frustrantes y muy injustas para sus parejas e incluso para ellos mismos. Pero vamos a empezar por el principio.

 

Todos pagamos platos rotos

Pagar platos rotos de relaciones anteriores es habitual. Todos tenemos la mochila cargada de experiencias: unos es un divorcio con hijos complicado; otro es una relación con una persona muy celosa… En la mayor parte de las ocasiones, las relaciones que han terminado han dejado pequeños o grandes traumas en nosotros que, en muchos casos, es inevitable arrastrar durante un tiempo. Por eso creo que es importante superar una relación antes de comenzar otra nueva que pueda verse intoxicada por esto.

 

Sin embargo, el amor llega y muchas veces te pilla con la mochila llena de piedras.

 

En el caso de las madrastras es igual, solo que en vez de pagar platos rotos, solemos pagar una vajilla de 18 servicios con su sopera, su salsera y un acompañamiento de cristalería y cubertería a juego. Esto, que al principio puede sobrellevarse por la emoción del principio, con el paso del tiempo puede convertirse en un auténtico coñazo y en un lastre.

 

La hipoteca de platos rotos de una madrasta

Yo siempre pienso que las madrastras no solo pagamos los platos rotos, sino que vivimos hipotecadas con la vajilla y nos comemos la hipoteca con sus intereses.

Como decía, las mochilas son normales en las nuevas relaciones, pero con el paso del tiempo todo tiende a suavizarse. Los miedos con los que podemos iniciar una relación se difuminan y, con ello, cambia nuestra percepción y nuestra perspectiva.

¿Qué puede en algunos casos? Que tenemos que convivir con la mochila todo el día y, cuando digo mochila, no me refiero a los niños, sino a la madre de los niños que, si es del tipo #SuMadreQueSoyYo, puede ser uno de los mayores calvarios por los que pueda pasar una persona. Esta situación, que suele eternizarse, puede llegar a impedir que nuestra pareja viva esa evolución personal, supere etapas y pueda darle a la mochila una patada con todos sus enseres dentro. Y eso, inevitablemente, va haciendo mella en nuestras expectativas personales que pueden pasar por tener hijos o no (porque hay millones de posibilidades. No tiene que ser Sota, Caballo y Rey).

 

Mis platos rotos como madrastra

Yo también estoy pagando platos rotos como madrastra (igual que mi pareja paga los míos en ocasiones). De hecho, yo soy una de esas que está hipotecada con la vajilla de 18 servicios, la sopera, la salsera, la mantequillera y todos esos cacharritos que no sabías que existían.

Recuerdo que al principio, mi chico estaba muy preocupado por este tema y me planteaba futuribles que yo, en ese momento, no alcanzaba a ver. Todos giraban en torno a lo mismo: él ya había pasado la etapa de la paternidad y no se planteaba volver a ser padre, lo que podía ser un problema para mí si en un futuro deseaba ser madre.

Su preocupación era tal que llegó a plantearme qué pasaría si con 50 años nos divorciamos y yo me quedo sin hijos propios, sin mi hijastra porque me rechaza, sola… En fin. En su imaginario mi situación era catastrófica.

Bien es cierto que él podía estar igual, pero con la diferencia de haber tenido una hija. Esta cuestión a él le producía mucha angustia porque, en ese momento, no se planteaba tener más hijos. No se veía capaz. Y, en parte, se sentía culpable y responsable de que yo pudiera llegar a una situación determinada sin hijos “por su culpa”.

A mí eso fue algo que, en ese momento (y ni siquiera ahora), no me preocupó en absoluto por varias razones:

Entendía su sentimiento, sus dudas, sus miedos… Me parecían normales.
Yo nunca he tenido un instinto maternal muy desarrollado y tener hijos no es una necesidad.
No veo el divorcio de una forma tan fatalista, tengas 30 o 50.
“Si alguna vez quiero tener hijos y tú no, los tendré sin ti”, le decía.
Tiendo a no hacer demasiados planes (en ciertos casos).

 

Al final se relajó y nos centramos en vivir el día a día de nuestra relación. Sin planes. sin futuribles. Sin pensar en posibles catástrofes personales. Y, con el paso del tiempo, las cosas han cambiado y, aunque nuestro día a día no es fácil porque convivir con una persona de las características de una #SuMadreQueSoyYo en tu relación, él ha ido difuminando sus miedos. Tanto es así que el tema de los hijos es un tema que tratamos y que nos planteamos. Esto, hace cuatro años, hubiera sido impensable.

Sin embargo, es normal que él, incluso a fecha de hoy, tenga miedo porque, aunque los dos sabemos que en caso de divorciarnos jamás haríamos pasar a nuestros hijos por lo que está pasando su hija, el vértigo es inevitable y el miedo al fracaso también.

 

¿Qué hacemos ante los platos rotos?

Cada persona vive esta situación de una forma determinada y su evolución personal, supongo, depende de muchos factores: el número de hijos que tenga, el tipo de relación que tenga con su nueva pareja… incluso la edad.

En mi opinión, si se tiene claro que se quiere tener hijos propios, quizás esta no sea la situación ideal por multitud de factores. Pero también es cierto que no puedes dar por ello carpetazo a una relación con una persona que merece la pena porque no sabes cómo va a evolucionar.

¿Qué hubiera pasado si yo, en el momento en el que él me planteaba esa situación, hubiera dicho:

Es verdad, ¡qué horror! Chao

 

También es cierto que yo jugaba con ventaja porque no tenía un instinto maternal diciéndome:

Es que tienes que tener hijos…
Es que tienes 34…
Es que cuando se le pase la neura estás ya premenopáusica…

 

Yo, en aquel momento, solo quería estar con ese chico porque me encantaba (no tanto como ahora).

 

Los platos rotos se pegan con empatía

Lo que está claro es que tener hijos es cosa de dos, y eso es así independientemente de que tu pareja tenga hijos o no. Pero en estos casos, además, tiene que haber un plus de generosidad y empatía por ambas partes:

Por parte de la nueva pareja (la madrastra), la comprensión de ponerte en su piel e intentar imaginar lo que puede suponer para una persona tener que pelear cada segundo que pasa con sus hijos, cada desayuno que le prepara entre semana,… Pasarte la vida en un juzgado para poder convivir con tu hijo la mita del tiempo y poder mantener el vínculo con él.

En este sentido me parece injusto exigir a la otra persona que dé un paso para el que quizás no esté preparado. Pero eso es así en este y en cualquier caso, y lo pida quien lo pida. Aunque también hay que valorar hasta qué punto quieres arriesgarte a renunciar a algo que deseas por alguien a quien deseas.

 

Y por parte de él, la comprensión del papel que desempeña la madrastra, de las necesidades que puede tener, de la evolución de su vida y sus experiencias. Que el día a día de una madrastra pueda girar en torno a sus hijastros y los problemas judiciales de su pareja (que es a lo que se reduce en muchas ocasiones y es algo que tenemos que vigilar) es un precio a pagar muy alto. Por eso creo que es injusto e ingrato que la otra parte no se ponga en su piel; y veo necesario que haga el esfuerzo de ir soltando lastre y permitiendo que la relación (de dos) evolucione hacia donde tenga que evolucionar (que puede ser teniendo hijos o no), pero que lo haga con menos miedos y más confianza.

A veces, aunque es inevitable, es muy injusto sentir que se está proyectando sobre ti un miedo del que no eres responsable porque eso impacta directamente en la confianza de la pareja. Pero también es cierto que hay que hacer el esfuerzo de comprender al otro.

 

En fin… no sé si después de este rollo he conseguido sacar algo en claro. Todo lo que he dicho lo he planteado desde la visión de la madrastra y el padre divorciado, pero es aplicable a cualquier fórmula: madre divorciada y padrastro o, simplemente, dos personas que se encuentran cada una con su mochila.

Independientemente de eso, creo que la clave de todo es la comunicación: contar tus miedos, tus expectativas, lo que sientes, lo que esperas… Hablar y escuchar cura y es capaz de pegar cualquier plato: ¿acaso no tenéis un plato magnífico al que le falta un trocito? Pues eso.