El Kanfort es algo que solo veo cuando voy a casa de mis padres. Mi madre, que como todas las madres que han criado en los ochenta, sabe muy bien qué es el kanfort, guarda en un cajón varios ejemplares de diferentes colores: marrón, azul, negro y brillo.

El kanfort blanco, sin embargo, es algo que en casa no se ha estilado (tampoco en los noventa)  porque mi madre siempre fue de las de meter las deportivas en la lavadora y de las de pasarles un trapo y dejarlas como una patena.

Sin embargo, #SuMadreQueSoyYo ha traído el kanfort blanco a mi vida y ha sido como meterme en una cápsula del tiempo con una alta dosis de incredulidad.

 

El misterio del kanfort blanco

El kanfort blanco era algo en lo que no había reparado hasta el verano pasado cuando mi pequeña mandoncilla se presentó a la primera fase de las vacaciones con unas zapatillas de lonita azul que, de haberlas visto tiradas en la calle, habría pensado que venían de un poblado de refugiados. Sin embargo, eran nuevas. Olían a rayos y centellas porque era lona mala, así que conforme vinieron se quedaron en un rincón (al oreo, claro).

Cuando terminaron las vacaciones se las pusimos para llevarla con su madre y esperamos pacientemente a que volviera los siguientes quince días.

Todavía recuerdo cuando la vi llegar quince días después a aquel aeropuerto, dando saltitos y dándome besos a rabiar, con sus zapatillitas de pequeña cerillera. Recuerdo con impacto ver cierta pátina de blanca sobre la lona y sobre la puntera de la zapatilla, (esa puntera que mi madre dejaba reluciente con un estropajo y fairy) y que dejaba entrever que detrás de esa capa blanca había mugre.

No quise creer, creedme que no quise creer, que en vez de lavar las zapatillas o comprarle unas blancas había optado por “blanquearlas” con kanfort, pero sí. Eso fue lo que hizo: unas zapatillas de lona azul sucias tintadas con kanfort blanco. En lo que a nosotros respecta, volvimos a realizar la operación: dejarlas aparcadas hasta la vuelta.

Y así pasamos el verano.

 

Kánfort blanco everywhere

Sin embargo, nada hacía presagiar que lo del kanfort blanco no era algo puntual y, el otro día, cuando fui a ponerle sus deportivas rosas, las de todos y cada uno de los días de clase; las deportivas peladas, rotas y llenas de mugre que le compró de baratillo en septiembre y en enero ya estaban para tirar, vi con estupor y temblores que estaban cubiertas de kanfort blanco.

No me lo podía creer. No.

En serio, no daba crédito. No podía ser posible que, en vez de lavarlas o cambiarlas, porque cuestan 10 euros, hubiera optado por pintarlas con kanfort blanco, pero así fue.

El caso es que le ha cogido el gusto y supongo que para sus adentros pensará que las ha dejado como nuevas y que ahí van, con sus puntas peladas, sus cordones rotos, sus telita llena de agujeros, renegridas y oliendo a ñu, pero  como si fueran recién compradas. Huelga decir que si te atreves a decirle: “Oye, mira, la pensión está para estas cosas”, te suelta que la culpa de que estén sucias es tuya.

Supongo que estas cosas, al igual que recoser las rodillas de las mallas de 3 euros que pone, como si estuviéramos pasando penurias, forma parte de su estrategia de “la pensión no es suficiente” o de su estrategia “a ver si con esto y la pensión no tengo que tocar mi sueldo”. Bien es cierto que fastidian mucho porque es una pena ir a recoger a la niña al cole arreglada y encontrártela como una pordiosera, pero una vez más es una forma de hacerte daño a ti y de utilizar al niño como medio. Eso hay que tenerlo presente. Por ello, ante estas cosas: paciencia, mucha paciencia porque no van a cambiar.

 

Sé que este post no aporta, como tampoco aporta del de El Misterio de la ropa crecedera o el de El Misterio de las camisetas interiores, pero lo escribo para decirle a todas esas #SuMadreQueSoyYo que hacen estas cosas y que son muchas porque por lo visto es un patrón muy común, que son capaces de llevar a sus hijos como jamás serían capaces de ir ellas mismas. Por si quieren reflexionar un ratito sobre el tema.