Bueno, tropa, esta familia reconstituida que lucha durante todo el año contra viento y marea para imponer la cordura en su día a día se va de vacaciones.

Y esta madrastra, que está hasta las glándulas mamarias de putadillas, está dispuesta a desconectar (a medias, por supuesto).

 

Mis vacaciones libertinas de no-madrastra

Estoy pensando lo lejanos que quedan esos años en los que cogía un pareo y me iba a patearme las playas de Cádiz con unas flip-flop y terminaba detrás de un pedrusco y al lado de un matorral con un libro, una botella de agua, el pareo y con todas las alegrías al aire (porque si vas a Cádiz no es para ponerte un bañador-braga-faja por mucho que se lleven este año).

O cuando me fui a Malasia, como una Carrie Bradshaw de segunda, a rescatar a una amiga de una ruptura sentimental y terminamos en Bali con una moto recorriendo arrozales llenos de mosquitos y buscando un templo donde me limpiaran porque me había bajado la regla dentro de uno de los templos más emblemáticos y me estaba paseando impura perdida por todo el país con lo que eso implica…

O cuando me planté con otra amiga en India en plan burguesas-mochileras y nos recorrimos el norte para deshacernos nuestras penas por eso de que de India vuelves renovado y viendo la vida de otra manera. Pero en nuestro caso no fue así, sino que volvimos con una gastroenteritis que casi nos lleva a la tumba, aunque lo cierto es que sí, terminamos renovadísimas. Eso sí, no fue a nivel espiritual.

 

Mis vacaciones de madrastra

Ahora las cosas han cambiado y mis vacaciones pasan por alojarnos en hoteles donde hay un miniparque acuático para niños, por ejemplo; o en mirarnos bien la agenda infantil de eventos cutres de tarde-noche para alemanes; o en aguantar rabietas, o en echarle la bronca a mi chico porque le ha comprado un granizado de azul (azul radiactivo y que solo es azúcar y que no aporta nada, pero que para la niña es símbolo de amor paterno-filial).

También pasan por taparme las alegrías e ir detrás de mi Pequeña Dictadora con el protector del 50 en ristre y darle la crema a puñaos como la dan las madres, mientras la niña intenta deshacerse de mis fauces haciendo muecas que revelan su incomodidad. Y porque su padre compre una barca enorme para saltar olas (porque nunca nunca nunca cabemos los tres ahí, eso solo pasa en Supervivientes).

Y sí, también pasan por tener que dormir alguna noche en la cama supletoria porque mi hijastrita se empeñe en dormir con su padre y, ¡qué queréis que os diga!, llega un momento en todas las vacaciones que está ya una hasta las glándulas mamarias de todo y claudicas y dices: «Que duerma ahí y que sea lo que dios quiera, pero que me deje en paz» (con el consecuente pinzamiento del día siguiente y que hace que termines estando hasta el mismísimo sur de las glándulas mamarias, pero bueno, las vacaciones son así). Aunque siempre pueden empeorar si tienes que comprar Dalsy y soportar después a #SuMadreQueSoyYo.

En cualquier caso, hoy estamos felices como perdices. ¡Nos vamos de vacaciones! A reír, a saltar, a llorar, a lanzarle maldiciones a su madre cada vez que nos monte algún número telefónico, a comer helados… y a coger ganas para las vacaciones que luego vamos a tener él y yo después porque… ¡me lo voy a comer y no voy a dejar ni los huesitos! ¡ÑAM!

 

¡Nos leemos a la vuelta!