Cada vez que leo en una revista: “A los niños hay que hablarles de la sexualidad con naturalidad”, me dan ganas de coger a quien escribe el artículo y traérmelo a casa una semanita para que vea si, en nuestro caso, lo natural puede seguir siendo natural sin riesgo a terminar en Navalcarnero (que no tengo yo nada en contra de quien lo escribe, a ver si me vais a malinterpretar. Solo escribo en alto).

El caso es que el otro día, mientras cenábamos (no sé qué pasa que últimamente la niña nos da todas las cenas), mi hijastrita preguntó así, como quien no quiere la cosa:

-Papá, ¿qué son nuestras partes?

Como buen papá divorciado contenciosamente, acostumbrado a hacer visitas a deshora a comisaría y a dejarse la piel de hospital en hospital intentando averiguar qué especialistas están tratando a su hija sin su conocimiento para luego presentar informes de parte peregrinos ante el juez, antes de responder preguntó:

-¿Quién te ha dicho eso?

(que en nuestra casa es algo similar a: “no respondo si no es en presencia de mi abogado”)

 

Huelga decir que, en tres segundos, la que escribe y testigo de los hechos ya tenía la grabadora en modo on por lo que pudiera pasar. La niña, que creo percibió nuestro nerviosismo y sabía que estaba diciendo algo todavía más gracioso para ella que “pedo”, comenzó a reír como si guardara el secreto mayor del reino. A partir de ahí, y tras reiterar la pregunta y decirnos que es su profesora quien está enseñándole tan oscura información, le dije a mi chico:

-Por favor, pregúntale si es cierto, que no me fío.
-Sí, le preguntaré si lo están estudiando. ¿Se estudia con 6 años?
-Claro, a mí con 6 me explicaron lo que era la vagina. Y en los 80.

 

Como veis, la histeria, la paranoia y el sinsentido se adueñaron de nuestro ser, algo totalmente lógico con lo que llevamos pasado y que probablemente entienda cualquier abogado de familia o cualquiera que haya pasado por una situación similar . El caso es que, a partir de ahí, comenzó una lluvia de definiciones de “partes íntimas”. La primera, por supuesto, muy definitoria:

 

-Es un eufemismo -dije con soltura.
-¿Y eso qué es?
-Te toca -le dije a su padre.
-Eso es el culete de delante y el de atrás…
-Las partes que tapa la braguita. En las niñas una cosa, en los niños…
-En los niños el pito. Papá, ¡tú tienes pito!

Escandalizada y asustada por lo que pudiera costarnos un pleito de esta naturaleza cuando le dijera a su madre que “papá tiene pito”, salí al rescate.

-Claro, mi amor, como todos los niños. Se llama pene. -¿Se puede ser más aburrida?
-Y lo de las chicas, “chichi” -respondió partiéndose de risa
-¡Uy, qué palabra tan fea!
-¿Chichi? ¡¿Pero quién te ha dicho eso?!
-Podría haber sido peor, podría haber sido “chumino” -le dije a mi chico en bajito
-¡Chichi! Me lo ha dicho Irene.

(Irene, que vive en una familia normal y puede decir “chichi” sin que su madre intente meter a su padre en chirona).

 

Os juro que a estas alturas nos estaban cayendo por la frente gotas de sudor como si fuésemos un dibujo manga. Puede ser que lo creáis exagerado, pero cuando la madre de la criatura es como es la nuestra, oyes chichi y te entra un tembleque que no se puede controlar. Así que, no se me ocurrió otra cosa que ponerme en plan “ser superior”, actuar con contundencia y dejarme de chorradas:

-No se llama “chichi”, mi amor. Se llama “vulva”…  Las chicas tenemos vulva. Vulvita.
-¿Burbujita? ¡Jajajaja!
-No, vulva. Las niñas tienen vulva y los niños tienen pene.
-¿Entonces tú tienes vulva?

 

Intenté mantener el control de la situación, pero ya estaba viendo a su madre sacar todo de contexto y solicitar unas cautelares por decirle a la niña que el chichi tiene un nombre serio. Me puse tan fácilmente en situación  (porque claro, llega un momento en el que no te cuesta nada imaginar gilipolleces y situaciones rocambolescas) que me vi contestándole dos años después a un juez enjuto por qué le había dicho que el chichi se llama vulva; es decir, por qué fui un paso más allá en la explicación, pero asegurándole que a mí, esa menor, jamás me ha visto nada (miren, ustedes, pensándolo bien, ¡yo no puedo con esto!).

El caso es que, como pudimos, desviamos la conversación y, cuando ya no pudimos más, hicimos gala de nuestro poder de adultos.

-¡Venga, se acabó! Bájate de ahí y cómete la fruta ahora mismo.

 

La próxima vez nos ahorramos el rato y la mandamos a comer fruta a la primera. No me quiero ni imaginar qué vamos a hacer el día que nos pregunte de dónde vienen los niños. (Voy ahorrando, que los procesos de Penal son caros).