Hace más de un año y medio que empezamos el periplo por los Servicios Sociales del Ayuntamiento. Empezamos siendo los investigados. La madre, especialista es hacer rutas turísticas por todos los servicios de atención a la mujer que pueda haber, consiguió que se abriera una investigación para ver si la niña estaba en riesgo con el padre.

Una vez hecha y habiendo resuelto que no está en peligro con el padre sino, en todo caso, con la madre, comenzamos la fase de: “Hay que trabajar la coordinación”. Estoy completamente convencida que, de haber detectado peligro por parte del padre, no habrían propuesto coordinación ni leches, pero al tratarse de la madre, se despliega un abanico de múltiples posibilidades.

El caso es que llevamos un año haciendo el panoli y mi percepción es que estamos peor que al principio. Los intentos de coordinación son totalmente infructuosos porque, ¿a alguien se le ocurre pensar que una persona que quiere impedir por todos los medios que se otorgue una custodia compartida va a mover un dedo en favorecer la coordinación parental? ¿A alguien se le ocurre que una persona que solo busca eliminar al padre de la vida de su hijo va a mover un solo dedo por favorecer la coordinación y no provocar conflicto? Ni uno, todo lo contrario: hay que generar conflicto y hacer creer que todo está peor de lo que está.

Desde que hemos comenzado el Teatrillo de la Coordinación, que más bien parece una obra de Arniches, las cosas han ido a peor porque la madre lo utiliza para iniciar una lucha de barro diaria con los asistentes sociales como espectadores: ¿qué mejor oportunidad de demostrar lo maltratada que está y lo dura que es su vida que gritando, llorando, pidiendo auxilio a los Servicios Sociales? Pues así estamos.

Y estos, en vez de intervenir, se dedican a tener reuniones con uno y con la otra en las que le dan la razón al uno y a la otra (según nos dicen a ella no, a ella le meten caña, pero hace oídos sordos, por lo que en vez de pensar que están ante una persona no colaboradora, optan por decir que es que “la madre va a otra velocidad de recuperación”). Reuniones en las que te miran… te dan la razón… toman notas… más notas… asienten… se quedan parados, cortocircuitados… para terminar diciéndote: “Sí, vamos a trabajar en ello”. Ajá.

Lo cierto es que estoy muy desilusionada y muy desesperanzada con este tema. Al principio tuve esperanza de que tomaran cartas en el asunto, de que, una vez estudiado el caso, interviniesen de forma objetiva, pero no. No intervienen. No hacen nada.

Es más, ha llegado un momento en el que no sé si son aliados o enemigos; si su objetivo es proteger a la niña o a la madre; si realmente sienten lo que dicen o nos toman el pelo… Estoy totalmente desconcertada.

Ahora mismo me siento como un hámster dando vueltas en una rueda día y noche. Y con una gota malaya cayendo cada día: un día en forma de insulto, otro día en forma de mentira, otro en forma de recriminación, otro en forma de manipulación… Y así un día y otro y otro y otro… Mientras ellos miran impertérritos, imperturbables, haciéndote creer que te entienden, que empatizan, que les importa el caso, pero sin mover ni un dedo. Sin tomar una decisión. Sin dar un golpe en la mesa. Sin querer posicionarse porque en ese caso tendrían que hacerlo en contra de la madre, sin querer ver que la resolución de un conflicto pasa por poner límites y cordura.

Durante todo este tiempo he descubierto que los Servicios Sociales no están para solucionar problemas, sino para cronificarlos. Entras en la rueda, como un hámster, te pones a andar. Andas, andas y andas sin llegar a ningún lado mientras piensas: “Ya tenemos que llegar, no puede quedar mucho, no da más de sí”. Y nunca llegas.

Es una pesadilla. Es una pesadilla fruto de un sistema que falla desde la base, y esa base no es la preparación (esto viene después), esta base es el objetivo que persiguen, que no es otro que:

¿A quién están protegiendo realmente?