Hace un par de meses pusimos fin a una de las bazas que ha utilizado #SuMadreQueSoyYo casi desde los inicios para reducir las visitas. Según ella, la niña presenta un problema psiquiátrico originado por la presencia del padre en su vida: un señor que, según ella, vive para hacerle las peores juderías a su hija solo por placer (palizas, abusos, maltratos de todo tipo…).

Aunque al principio nos mostramos reticentes a embarcar a la niña en otro proceso médico más, ya que sabemos que de forma paralela y sin que lo supiésemos ha seguido bastantes tratamientos, lo cierto es que al final aceptamos. Nos hartamos de escuchar ese mantra de:

 

“Estás impidiendo que tu hija tenga asistencia sanitaria. La estás maltratando”.

 

Sabíamos que era todo una treta y que, como el burro que sopla la flauta a ver si suena por casualidad, solo perseguía dar una respuesta patológica y partidista al comportamiento de la niña: un comportamiento de de dolor, pero un dolor derivado del conflicto que presentan sus padres. Sin embargo, que la madre aceptara eso significaba que reconociese tener parte de responsabilidad en el origen y también en la solución, por lo que siempre ha preferido convertir la causalidad en patología e intentar hacer creer que no, que la niña en realidad está enferma y que, efectivamente, el padre es tan tóxico que ha sido capaz de desencadenar un problema psiquiátrico en la niña. Todo esto dicho y defendido por ella misma ante la atenta mirada de un equipo psicosocial que dice que habiendo una madre está uno fuera de peligro; y unos asistentes sociales para los que este caso se va de las manos.

Así fue como llegó el momento en el que aceptamos barco y, con ello, las pruebas psiquiátricas. El caso es que hace unas semanas supimos el resultado: todas las pruebas demuestran que la niña está perfectamente y que, como vienen refutando tantísimos equipos independientes y públicos, lo único que tiene es un conflicto de lealtades que se la está comiendo viva.

Sin embargo, esta buena noticia duró menos que un caramelo en la puerta del colegio porque, en la misma consulta, y ante un ejercicio de equilibrio retórico y argumentativo desvergonzado, la madre se sacó de la manga otra posible patología. Otro problema psiquiátrico que justificara que la niña “fuera así”. El doctor, asombrado por lo que estaba oyendo, solo atinó a decir:

“¿Pero a qué se refiere? Estamos ante una niña psiquiátricamente normal. Cerremos ya el tema, por favor”.

 

Así que no, no se ha cerrado, en absoluto. No se ha cerrado porque el problema que ha de resolverse no es el de la niña, sino el de la madre: el de la obsesión permanente de que la niña tiene una enfermedad que el padre le provoca. Pero en ningún caso piensa que, en realidad, lo que ocurre es que se la come de dolor el hecho de que le haga elegir entre su padre y su madre; que tenga que escuchar auténticas barbaridades sobre nosotros; que se sienta culpable porque no tiene enquistado el odio que le intentan enquistar, todo lo contrario.

Así que bueno, el resultado de las pruebas que demuestran que la niña no presenta ninguna enfermedad psiquiátrica no es el final, sino el principio de un nuevo periplo médico porque ya tenemos nueva patología/trastorno/enfermedad detectado y para el que, obviamente, querrá hacerle mil pruebas para ver si suena la flauta y esa fantasía que tiene montada en su cabeza (o no, porque ya no sé dónde termina la cordura y empieza la locura) se hace realidad. Y esas nuevas pruebas demuestren que sí, que la niña está completa y absolutamente destrozada por tener un padre que la maltrata sin piedad. Y así ella ya pueda estar feliz y contenta para poder actuar como salvadora de su hija.

Veremos qué pasa al final y, si para entonces, el juez deja de tocarse el escroto y se ha animado a coger el toro por los cuernos. Y, por muy promadre que sea, tome medidas y empiece a ser prohijos. Porque esto tiene un nombre y se llama Síndrome de Munchausen por poderes, por no llamarle algo peor que nada tiene que ver con una enfermedad. Y, sea verdad o sea una pose, necesita ayuda urgente antes de que nos lleve a todos por delante.