La temida frase… “Tú no eres mi madre”. Es la típica frase que no te da miedo, pero te da un pellizquito en corazón que fastidia un poco. Aunque si tienes las cosas claras, se queda en eso y en algo que no olvidarás jamás, eso te lo puedo asegurar.

A mí me la soltó hace unos meses. El día anterior la había llevado yo al colegio y la peiné maravillosamente, para qué lo voy a negar. Le hice unas trencitas con las que ese día fue, una vez más, la niña más bonita de esta galaxia y parte de las colindantes.

 

Tú no eres mi madre

Por eso, al día siguiente, #SuMadreQueSoyYo, se remangó y le hizo una trenza para la que utilizó, concretamente, ocho gomitas de caniche. Como os podréis imaginar, deshacer aquello fue terrible. Así que allí estaba yo, maldiciendo para mis adentros a #SuMadreQueSoyYo mientras intentaba quitarle las gomitas sin tener que recurrir a unas tijeras. Entre “auchs”, “ays” y “jos” andaba el patio cuando le dije:

-¡Hija, es que estas gomas son imposibles!

-¡Tú no eres mi madre! -me espetó.

Tomé aire.

Sin querer perder la compostura, y gracias a que suelo adelantarme a los acontecimientos, tenía una respuesta preparada que, visto con distancia, no sé si conseguí decir de forma lo suficientemente natural:

-Claro que no, mi amor, yo soy tu amiga y te quiero mucho también.

-¡No, no eres mi amiga!

¡Ay, dios, esto sí que no me lo esperaba! Entre las gomas del demonio y el desaire, me fui a la cocina, dejándola con la cabeza alborotada como un nido de perdices, y le conté a su padre la situación. Él, muy diligente, como siempre, fue al baño, encontrándosela ya en la bañera:

-¿Qué le has dicho a tu #Amiguidelas13letras?

-Nada

-Es tu amiga y te quiere mucho…

Silencio.

Volvió a la cocina y, cogiéndome por la espalda, me llevó al baño mientras decía para sí, en voz ligeramente alta: “Dios mío, tengo dos hijas de cinco años”.

Hicimos las paces y quedamos 0-1

Tras unos segundos de mediación paterna, hablamos:

-A ver, ¿no me quieres?

-Sí te quiero…

-Entonces, ¿por qué dices que no soy tu amiga?

-¡Por que  no eres mi amiga!

-¡Sí lo soy!

-No… no eres como Marta, ni Susana, ni Irene… Eres otra persona.

Exacto… era otra persona. Un monito de cinco años acababa de darme la clave. ¿Qué iba a ser su amiga ni qué nada? Era otra persona. Otra persona a la que todavía no sabía etiquetar, pero que sé que es insustituible, como ella para mí, aunque no sea mi hija.

Hicimos las paces, me metió un gol por toda la escuadra y nos dimos un beso y un abrazo, que siempre es mejor, como dice mi amiga Marta. Acto seguido, terminé de deshacerle ese nido de cucos que le habíamos montado en la cabeza (su madre por hacerle el peinado y yo por tener que deshacérselo).

Y así fue como, sin esperarlo, me enteré de que, para ella, soy otra persona y pasamos los tres juntos ese trance que a las madrastras nos da tanto miedo.